Mi experiencia en el parto de mi hija

Siempre supimos que queríamos que nuestra hija o hijo naciera en casa. En ningún momento pusimos en duda esa opción y nos preparamos para ello. Al comunicar nuestra decisión a familiares, amigos u otras personas, podíamos ver sus caras de impresión, de miedo, de no poder creer la locura en la que estábamos pensando si para eso había clínicas y hospitales con tecnología y todo tipo de especialistas para recibir al bebé. En la mayoría de los casos, me encontré con hombres que el sólo hecho de pensar en hacer algo así les producía mucho temor e incertidumbre. Era evidente que como hombres hemos relegado todo el conocimiento y responsabilidad de informarse sobre el parto, sus procesos fisiológicos, anímicos, etc., a la mujer, y que ante nuestra casi total ignorancia del tema depositamos el saber en médicos y especialistas. Para muchos, tener que lidiar con la mujer salvaje que aflora en su plenitud y con extrema fuerza durante el parto es algo que pocos creen capaz de manejar y contener. Y por estas razones es que supongo que nos da mucho miedo estar pariendo en casa solos con nuestra pareja acompañados de una matrona o partera.

 

Creo que no sólo la mujer ha perdido la confianza en sí misma para parir, sino que nosotros también hemos perdido la confianza en que ellas pueden, y saben, hacerlo. Escuchando muchos relatos de partos, observé cómo el nerviosismo del hombre, su angustia y sus miedos, eran en cierta medida responsables o causantes de que la mujer parturienta no tuviera en quién apoyarse y sentirse sostenida, invadiéndole la angustia traspasada desde su pareja y finalizando el proceso de parto en condiciones poco amorosas y apropiadas.

Durante nuestros nueve meses jamás dude que mi pareja podría, y sabría, parir. Ella dudo de sí misma, pero siempre creí en su fuerza. Sabíamos que podía haber complicaciones, y teníamos un plan B, un centro médico donde recurrir, todo planeado en conjunto con nuestra matrona. Pero yo nunca perdí la confianza. Ella tenía que verme sólido, decidido, y para eso es importante no sólo el carácter y la personalidad con la cual afrontar las situaciones, sino que también debía informarme, conocer de anatomía y fisiología de la mujer, las etapas del parto, las posibles situaciones, entre otras cosas. Leí algunas cosas, pero no mucho para no agobiarme con información. Y leí relatos de partos, cosas que los hombres hicieron con sus parejas y que les ayudaron en el proceso de parto. Acciones que tomaron para bajar la ansiedad de su pareja, para ayudar con el dolor, formas de acercarse, de ofrecerle cosas, sin ser directivos y sin dejar de ser amorosos. En casi todos esos relatos primaba algo muy importante; la intuición. En general, los hombres actuaban por intuición. Hombres conectados con sus parejas, con buena comunicación, sintonizados, y conectados consigo mismos. Y eso es algo que yo siempre supe, que debía confiar en mi intuición y en la relación de pareja que hemos construido en estos años. Confiaba en nuestra capacidad para decirnos las cosas, para escucharnos; confiaba en nuestra sintonía.

La relación de pareja es fundamental a la hora de fluir en el proceso de parto. Y yo siempre he confiado mucho en nuestra relación, en la capacidad y habilidad que tenemos para hacer frente a dificultades, hablarlas, sortearlas.

Obviamente, nosotros sabíamos que nuestra bebé venía sana, estaba bien encajada y durante el embarazo no hubo ninguna complicación. Y por supuesto, estábamos muy bien acompañados y guiados, tanto por nuestra matrona como por el ginecólogo. Conocer a la matrona, juntarnos varias veces en su consulta, asistir a un taller que dictó, nos ayudó en nuestra confianza y tranquilidad de saber que estábamos bien alineados entre todos. Conversamos muchas veces con ella cómo queríamos nuestro parto y le preguntamos por su forma de trabajar y sus maneras de proceder. Zanjamos todas nuestras dudas.

No es mi intención detallar nuestro parto, qué hicimos y qué no, sino que compartir lo fundamental que fue para mi y para mi pareja que yo estuviera presente, informado, leyendo cosas juntos, yendo a talleres y a todas las citas y exámenes médicos. Creo que ha habido un cambio importante en cómo los hombres acompañamos la gestación y el parto, no delegándolo en nuestra compañera y en otros, pero todavía creo que tenemos temor de acercarnos mucho, de ver sangre, de escuchar a través de los gritos el dolor (placentero) por el que atraviesa la mujer durante el parto. Debemos prepararnos para ello; hace parte de nuestra llegada al mundo.

Yo sentía que había hecho esto muchas veces, sentía que era algo para lo cual estaba preparado, como si mi memoria celular recordara todas las veces que estuve en un parto, o que parí, siendo mujer en alguna otra encarnación. Pero independiente de si eso es así o no, lo importante es agarrarse de algo que nos ayude a confiar, a no dudar de ellas. Acompañar a mi pareja durante las 24 horas de trabajo de parto que tuvimos, observándola, viendo cómo iba cambiando su ánimo, sus gritos, cómo iban cambiando las contracciones, las sensaciones corporales, entre muchas otras cosas, nos hizo conocernos, sentirnos y relacionarnos de una manera única, irrepetible, sintiéndome capaz de sostener el proceso y ella viendo que podía confiar en mí. El haber estado solos casi la mayor parte del trabajo de parto (las matronas llegaron una hora antes del nacimiento), sin intervenciones ni procedimientos propios de una clínica u hospital fue simplemente maravilloso. Nos dio la total libertad para hacer lo que quisiéramos, para meterse en la tina, para bailar, para comer, para meditar, para cantar, llorar o reír, con la privacidad que nos permitió hacerlo en la intimidad de nuestro hogar.

Me enorgullece poder decir que desafiamos toda mirada temerosa y toda estadística médica (según nuestra matrona sólo un 4% de los partos son en casa, y ni hablar de la cantidad de partos que terminan en cesárea), de ver que supimos confiar en nosotros, de atrevernos a sentirnos, a experimentarnos en esta aventura límite, disfrutando de lo amoroso que es parir a un hijo/a en casa sin que nadie venga a interrumpir con protocolos médicos y rutinas hospitalarias. No creo que hayamos tenido suerte, sino que nos atrevimos a confiar, a saber que podíamos hacerlo, a no dudar de nosotros, ni de nuestra hija.

Eternamente agradecido a nuestro ginecólogo Andrés Freire, y sobre todo a las hermosas mujeres matronas que nos acompañaron: Andrea Torres y Andrea González. Pero por sobre todas las cosas, a mi pareja que me ayudó a creer que los hombres sí estamos preparados para parir en casa.

 

Nicolás Silberstein

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8 comentarios en “Mi experiencia en el parto de mi hija”

  1. Da seguridad la intuición, que los próximos a ser padres hagan ese ejercicio de confianza durante la gestación y disfruten también de la llegada de sus hijos sosteniendo a su compañera de parto. Gracias Nico.

  2. Admiro, vanagloria y aplaudo a mi hijo Nicolás por la fuerza y sabiduría, con la que supo llevar a cabo esta bella práctica, que es Parir… Y ni hablar de la valentía, dulzura y fuerzas que tuvo, nuestra querida Meli,!!! Y es así como, dio a luz a nuestra bella y adorada primera nieta… Besos y aplausos por miles para ustedes.. Los quiere mucho Dani

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