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Cómo miramos a nuestr@s bebés

A medida que he ido ejerciendo la paternidad y me he ido relacionando con mi hija, me he podido dar cuenta de diferentes cosas que me han aportado a la creación y estabilidad del vínculo con ella, así como el poder ir conociéndonos e interesarnos el uno por el otro. Me ha ayudado a poder identificar estas cosas principalmente la Metodología de Emmi Pikler y el psicoanálisis de infantes.

Primero que todo, el bebé se manifiesta si el entorno se lo permite, por lo que un entorno estable es esencial. Si como adultos disponemos de condiciones favorables para que el bebé pueda empezar su desarrollo motor de manera autónoma, éste tomará la iniciativa y verán desplegarse su deseo de vivir y curiosear por el mundo (sólo por el placer y el goce de moverse). Estoy hablando de los primeros meses de vida, el aprender a caminar y a conocer su cuerpo. El bebé está conociendo y experimentando su cuerpo, por lo que es importante atender a cómo preparamos el mundo para él/ella, la disposición del espacio, de los objetos y las maneras en que los cuidemos.

Y luego de que todo está desplegado nos queda simplemente observar. Miremos a nuestros hijos como competentes, y esta forma de mirarlos será un gran apoyo para su confianza y seguridad. Hay muchos detalles en torno a esta disposición del entorno, a los que no me referiré, pero pueden averiguar sobre la metodología Pikler para saber de qué se trata.

Quiero enfatizar en nuestra disposición como adultos, y a entender que a veces no hay que intervenir una vez que el entorno es seguro y apto para ellos, y simplemente nos queda sentarnos a mirar. Por eso observar nuestra actitud es clave. Mirar al bebé con una distancia adecuada, ser un adulto presente, pero no siempre de forma directa ni activa, y menos invasora. El ambiente debe ser predecible para el bebé, de manera que sepa lo que va a ocurrir (expectativas claras), y esto incluye nuestra actitud, es decir, que el bebé sepa qué esperar de nosotros, de nuestras reacciones y nuestros estados emocionales.

Algunas preguntas que nos pueden ayudar a guiarnos:

  • ¿cuál es el diálogo corporal que establezco con mi hijo/a?
  • ¿cómo se estructuran las actividades cotidianas? ¿son estables? (horarios de comida, de sueño, horas de juego, lugar donde se juega, etc.).
  • ¿estas actividades, dan la sensación de libertad, seguridad y confianza?
  • ¿el ambiente es acogedor, seguro, variado? Refiriéndose a identificar necesidades e iniciativas del bebé, a ofrecer retos adecuados, materiales adecuados, objetos que le sean familiares y a la vez que hayan objetos nuevos (una “novedad segura”, dándose un sentimiento de seguridad para explorar lo novedoso).
  • ¿prestas atención y cuidado, pero mantienes una distancia que favorezca la actividad libre y autónoma? Pensemos como nos restringe la libertad y la acción cuando tenemos a alguien muy cerca mirándonos y nos sentimos cohibidos.
  • ¿esperas la iniciativa de tu hijo/a o le muestras las cosas antes de que tome la iniciativa? ¿Cómo permites esa iniciativa?

En un principio su sentimiento de competencia se relaciona con su competencia motriz, por lo que un entorno óptimo para su movimiento y exploración se relacionan al desarrollo de un bebé competente, permitiéndole desplegar su repertorio de movimientos. Permitirle interactuar con los objetos es esencial, por lo que el espacio en donde se encuentre y juegue debe estar adaptado para él. Ser competente no es sólo saber qué hacer, sino cómo hacerlo. La clave es comprender que la acción es igual a conocimiento, es decir, aprender del éxito o fracaso de la ejecución que lleve a cabo. Un niño activo disfruta de su propia actividad libre y espontánea. ¡Siéntate a disfrutar observando sus movimientos, su capacidad de asombro y de invención!   

Recuerda que ser competente no es lo mismo que ser habilidoso. La competencia te la da el reconocer las reglas estratégicas que permiten el aprendizaje y la capacidad de investigar. Debemos comprender las competencias en cuanto a que el bebé tenga un proyecto propio de desarrollo, que estará configurado acorde al entorno. 

De esta forma, atendiendo a nuestros hijos sabremos cómo respetarlos: ¿qué puede o no puede hacer por sí solo? Debemos aprender a respetar y reconocer lo que necesita, lo que expresa, lo que hace y lo que adquiere.

Recordemos que se es autónomo cuando se tiene seguridad afectiva, física, ambiental y relacional (vínculos con los cuidadores), ya que de lo contrario el bebé o niño/a no podrá desplegar por sí mismo su potencial. Sin ese soporte afectivo y la confianza que el bebé tenga en él, no se sentirá con la confianza suficiente para vivir el placer de moverse libremente, y te perderás del placer de conocer y enseñar a tu bebé.

Tengamos en mente siempre que la meta no es lo importante, por ejemplo que camine, sino el proceso que se recorrió para llegar a ello. En ese proceso el espacio es un gran condicionante o modificador de la acción y la posición del bebé, y es el bebé que al jugar y moverse modifica los espacios donde juega, resultado de su actividad.

El niño/a aprende a aprender, y los padres debemos aprender a observarle y a identificar sus necesidades. Por ello, nuestra actitud atenta le ayuda a ser competente para expresarse, y al observarles atentamente les estamos transmitiendo el mensaje de que es importante y de que lo que hace es interesante. Debemos atender a sus ritmos, a dar cabida a sus intereses.

“Al bebé no le basta con darle de comer cuando tiene hambre; cambiarle el pañal si le irrita su contenido; hay que atenderle y declararle el amor que su madre siente por él; hay que cogerle en brazos, si llora sonreírle y reírle esperando que él también sonría; comunicar, mirarse a los ojos y jugar con él, hablarle; en una palabra, hacerle sentir en cada momento de la relación el gozo que su existencia significa para sus padres.” (Ranschburg, J. 1995)

Bibliografía:

  • Reladei, Revista Latinoamericana de Educación Infantil (Septiembre, 2016). Vol. 5.3, Monográfico Pikler-Loczy.
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